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Todas las mañana el ojo derecho se levanta  entre rastros de palabras y  caricias cansadas que deja la cobija, cada parpado batalla para mantenerse firme. Recorre la habitación en un solo movimiento, en ese momento dice: “Me gusta empezar el día sabiendo que estás a mi lado”.

El ojo izquierdo nunca se entera, cuando ocurre esa declaración tan sincera, él aún descansa irresponsablemente sumergido en las profundidades de la almohada.

Jale.

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