Angel Montilla Martos.

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Cuando yo nací

el mundo ya estaba ensamblado.

Las clases sociales, las catedrales,

las vendetas y los derechos humanos

circulaban ya desde hacía tiempo.

 

Nada me preguntaron

sobre mis gustos ni preferencias,

si me agradaba el calor de las doce en verano,

o los tristes escombros en los descampados del extrarradio.

Nadie se acercó al hospital

a darme explicaciones

de por qué las ratas viven en las alcantarillas

y los cucos en los árboles,

de por qué febrero es corto

y el arte es largo.

Nadie tampoco pudo ni quiso justificar

la balanza de pagos de los reinos olvidados,

las utopías, las letras de cambio,

la salsa bearnesa, los estribillos de las canciones del verano,

las curvas peligrosas, los colofones de los libros de viejo,

la supuesta sonrisa de la monalisa,

el olor dulzón de las jacarandas,

la urgencia del sexo de los efebos,

la caída del imperio azteca,

los calcetines desparejados,

el burro perdido y encontrado y perdido de Sancho Panza,

el ojo ausente de Nefertiti.

 

 

Yo solito,

y cuando digo yo,

hago extensible el pronombre a todos ustedes,

me las tuve que ingeniar

para saltar los charcos,

pagar las facturas,

doblar lo más correctamente posible las camisas,

reír cada mañana

y dejarlo todo preparado

para que otro reciba en su momento

esta terrible y maravillosa herencia

que nadie se merece.

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